A menudo existe la creencia que cuando se consume un producto, lo que más contamina y genera más emisiones de CO2 es el envase del mismo. Es cierto que hay una concienciación creciente sobre el tipo de material del cual está hecho el envase y la gestión de este material cuando se convierte en residuo. Si bien es cierto que asegurar la reducción de materiales y su recuperación y reciclaje es un tema principal, lo que normalmente se desconoce es que dentro de la contribución de la huella de CO2 del alimento, lo que más pesa no es el envase de este, sino la producción del alimento en sí.
En este sentido, se debe poner el foco en no desperdiciar alimentos, ya que lo más contaminante es el desperdicio alimentario, es decir, que un alimento se convierta en residuo. Según la organización World Wild Life, cada año se tiran 2.500 toneladas de alimentos y, tal y como detalla el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el desperdicio alimentario representa el 10% de las emisiones globales de CO2 y reducirlo es la primera solución para combatir el cambio climático.